Alice Walker, autora de El color púrpura, prepara su escritura con jardinería, caminatas, natación y largos periodos de aparente inactividad. Describió que sus personajes necesitaban campo, y se mudó al campo por ellos. Es, casi literalmente, la práctica que Julia Cameron llama cita con el artista: rellenar el pozo antes de vaciarlo.
Una escritora que escucha a sus personajes
Alice Walker (Georgia, 1944) ganó el Pulitzer con El color púrpura, una novela epistolar sobre la vida de una mujer negra en el sur rural de Estados Unidos. Es también poeta, ensayista y activista, y una de las voces que recuperó del olvido la obra de Zora Neale Hurston.
Lo que hace singular su testimonio sobre el proceso creativo es la relación que describe con sus personajes. Walker ha contado que, mientras trabajaba en El color púrpura, sus personajes no se encontraban cómodos en Nueva York. Que querían campo. Y que ella se mudó.
A un lector escéptico eso le sonará a mistificación. A cualquiera que haya trabajado en un proyecto largo le sonará a una descripción bastante precisa de lo que ocurre: el material exige unas condiciones y el autor las provee, aunque no sepa explicar por qué.
Walker no esperó sentada. Nadó, caminó por el bosque, se tumbó en los prados, soñó y cultivó su huerto. Después escribió.
El jardín como cita con el artista
Julia Cameron llama cita con el artista a una excursión semanal en solitario, sin objetivo productivo, dedicada exclusivamente a recibir impresiones. La instrucción incluye la soledad: nada de acompañantes, nada de convertirlo en actividad social.
Un jardín cumple todos los requisitos y añade uno propio: la escala temporal. Nada de lo que se planta produce hoy. Trabajar la tierra reeduca la impaciencia de una manera que ninguna técnica mental consigue, porque el aprendizaje no es intelectual sino corporal.
El artículo sobre el Camino del Artista para jardineros desarrolla esta idea, y el de citas con el artista en la naturaleza propone variantes para quien no tiene un metro de tierra.
El punto clave, en el caso Walker, es que el jardín no es un descanso de la escritura. Es donde se prepara la escritura. Esa inversión de prioridades es lo difícil de imitar.
La productividad invisible
Nuestra cultura solo sabe medir lo que se ve. Palabras escritas, horas frente al ordenador, publicaciones al mes. Todo lo que precede a la página —el paseo, la conversación, el aburrimiento, el sueño— cuenta como tiempo perdido.
Cameron dedica buena parte de su método a defender esa fase invisible. El pozo creativo se rellena con imágenes, olores, texturas y encuentros. Escribir sin haber vivido nada nuevo en meses es como cocinar con la despensa vacía: se puede, pero sale siempre el mismo plato.
El caso Walker aporta un matiz importante: no basta con consumir cultura. La cita con el artista de Cameron puede ser un museo, sí, pero también una ferretería o un vivero. Lo que rellena el pozo es la sensación física, no la sofisticación del estímulo.
Si llevas meses sin producir nada que te guste, pregúntate cuándo fue la última vez que tocaste tierra, agua o madera con las manos. La respuesta suele ser reveladora.
Escribir desde el cuerpo y desde el lugar
Walker se mudó al campo por su novela. Es una versión extrema de algo que hacen muchos escritores: cambiar de sitio para cambiar de voz. El lugar no es decorado. Determina el ritmo de las frases, el vocabulario disponible, la escala de los conflictos que a uno se le ocurren.
En términos prácticos, casi nadie puede mudarse por un proyecto. Pero casi todo el mundo puede cambiar de habitación, de mesa, de cafetería. La cantidad de bloqueos que se resuelven cambiando el sitio donde uno se sienta es sorprendente y algo humillante.
Hemos escrito sobre montar un espacio propio en el estudio del artista en una casa pequeña y sobre el ritual de la mesa en cómo preparar la mesa para las páginas matutinas.
También conviene decirlo: Walker escribió sobre violencia sexual, racismo y pobreza extrema desde un jardín. La serenidad del entorno no diluyó la materia. La hizo soportable de escribir.
Un método en cuatro tiempos que puedes copiar
Primero, vaciar la cabeza. Tres páginas manuscritas al despertar, sin releer. Es lo que hace que el ruido de la jornada no ocupe el espacio de la escritura real. Si no sabes cómo empezar, aquí está la guía completa.
Segundo, mover el cuerpo sin auriculares. Caminar, nadar, cavar. Media hora. Sin podcast. El objetivo es que la mente divague, y la mente no divaga si alguien le está hablando.
Tercero, escribir en el estado que quede. No esperes a estar inspirado. Después de vaciar y de moverte, estarás en un estado suficientemente bueno. La inspiración, en la mayoría de los oficios, llega media hora después de empezar.
Cuarto, parar antes de agotarte. Walker describe periodos largos de gestación entre libros. Cerrar el día con material sin escribir es la mejor manera de tener ganas de volver mañana.
Los cuatro tiempos caben en dos horas. No hacen falta ni un jardín ni un Pulitzer.
Lo que este caso no dice
No dice que la naturaleza cure el bloqueo. Hay personas que se van al campo a escribir y descubren que el problema iba en la maleta. El silencio amplifica lo que uno lleva dentro, incluido el miedo.
No dice que la escritura sea un acto místico. Walker trabajó durante años, revisó, cobró adelantos, negoció con editores. La parte contemplativa convive con un oficio muy terrenal, como recordamos en cómo vivir del arte sin perderse.
Y no dice que haya que esperar a que los personajes hablen. Esa es una metáfora sobre atención, no una instrucción operativa. Quien espera a oír voces no escribe; quien escribe tres páginas malas al día acaba oyendo algo.
Julia Cameron lo formuló con su franqueza habitual: no hay que sentirse creativo para crear. Hay que crear, y entonces uno se siente creativo.
El huerto de nuestras madres
Hay un ensayo de Walker que conviene tener presente al hablar de jardines. En él se pregunta dónde estaba la creatividad de las mujeres negras del sur que no pudieron escribir ni pintar, y responde que estaba en sus huertos, en sus colchas, en la manera de arreglar una casa con nada. El arte existió; lo que faltó fue el permiso para llamarlo así.
Ese desplazamiento es exactamente el que propone Julia Cameron cuando afirma que todos somos creativos y que la mayoría hemos aprendido a no llamarlo por su nombre. La contable que cocina de forma obsesiva, el administrativo que restaura muebles, la enfermera que fotografía todo lo que ve: hay obra en curso y no hay palabra para ella.
El método empieza precisamente ahí, con lo que Cameron llama la recuperación de un sentido de la seguridad. Antes de aspirar a escribir una novela, hay que reconocer lo que ya se está haciendo. Lo tratamos en cómo recuperar la creatividad perdida y en el artista en la sombra.
El jardín de Alice Walker, en esta lectura, no es un pasatiempo de escritora consagrada. Es la continuación de una tradición de mujeres que crearon en el único lugar donde se les permitió hacerlo, y una advertencia sobre lo fácil que resulta no ver la creatividad cuando no viene firmada.
Para seguir
El caso de Alice Walker encaja con una familia de artistas que ritualizan la preparación: Maya Angelou alquilaba una habitación de hotel vacía, Toni Morrison veía amanecer con un café antes de escribir, Patti Smith escribe en cafés a horas fijas.
Ninguno de esos rituales tiene poder mágico. Lo que tienen en común es que marcan una frontera entre la vida corriente y el trabajo, y que son lo bastante concretos como para no admitir negociación.
Tu ritual puede ser regar unas macetas. Lo importante es que sea siempre el mismo, que ocurra antes de escribir y que no lo saltes el día en que menos ganas tengas. Ese día, precisamente, es el que cuenta.