Serie · Psicología creativa

Esquizofrenia y arte: lo que el arte outsider nos enseña

En 1921 un psiquiatra suizo publicó un libro sobre un paciente que dibujaba. El paciente se llamaba Adolf Wölfli, llevaba veintinueve años internado y había producido miles de páginas de una cosmología propia. Aquel libro cambió la historia del arte del siglo XX. También abrió una pregunta que seguimos sin responder bien: qué estamos mirando exactamente cuando miramos esas obras.

Lectura media · ~10 minutos · Por Tu Camino del Artista

Arte outsider Esquizofrenia Art brut
Tu Camino del Artista

El arte outsider o art brut reúne obras creadas al margen del sistema artístico, a menudo por personas internadas en instituciones psiquiátricas, como Adolf Wölfli o Martín Ramírez. Los estudios de registro no encuentran que la esquizofrenia aumente la creatividad; sí la encuentran elevada en familiares no afectados. La psicosis no es una fuente de arte: es una enfermedad.

Aviso previo

Este texto habla de enfermedad mental grave, de instituciones psiquiátricas y de vidas difíciles. No es consejo médico y no diagnostica a nadie, ni vivo ni muerto. La esquizofrenia es una condición médica seria y tratable, y abandonar el tratamiento por cuenta propia es la vía más rápida a una recaída.

Lo escribo porque el arte outsider ocupa un lugar extraño en nuestra imaginación: lo admiramos y lo usamos, a la vez, como prueba de que la locura crea. Merece una lectura más cuidadosa que ese eslogan.

Si en algún punto de la lectura te reconoces en un malestar que te preocupa, deja el artículo y habla con un profesional. Hay ayuda disponible y funciona.

Cómo empezó todo: Morgenthaler, Prinzhorn y una colección en Heidelberg

En 1921 el psiquiatra Walter Morgenthaler publicó Ein Geisteskranker als Künstler —Un enfermo mental como artista—, un ensayo dedicado íntegramente a Adolf Wölfli, paciente de la clínica de Waldau, cerca de Berna. Era una idea radical: tomar en serio la obra de un interno, no como síntoma, sino como obra.

Un año después, en 1922, Hans Prinzhorn publicó Bildnerei der Geisteskranken, un estudio sobre miles de dibujos, pinturas y esculturas recogidos en hospitales psiquiátricos de habla alemana. Prinzhorn era psiquiatra e historiador del arte, y su libro no proponía interpretaciones clínicas: proponía mirar. La colección que reunió, hoy conservada en Heidelberg, sigue siendo el archivo fundacional de este territorio.

El libro de Prinzhorn llegó a manos de Max Ernst, de Paul Klee, de los surrealistas. La vanguardia europea, que llevaba dos décadas buscando una forma de escapar de la tradición académica, encontró en aquellas imágenes una prueba de que existía otra manera de ver. Y en 1945 Jean Dubuffet acuñó el término art brut: arte en bruto, sin cocinar por la cultura.

Aquí conviene detenerse en la incomodidad. La historia de esta colección es también la historia de un uso. Los internos no eligieron ser vanguardia. Muchos no supieron nunca que sus dibujos estaban en un libro. Y algunos de los artistas de la colección Prinzhorn fueron asesinados en el programa de exterminio de enfermos mentales del régimen nazi, cuya propaganda utilizó precisamente esas obras para ridiculizar al arte moderno.

Cuatro obras y cuatro vidas

Adolf Wölfli (1864-1930). Huérfano, jornalero, condenado por abusos a menores, internado en 1895 en la clínica de Waldau, donde fue diagnosticado de esquizofrenia y donde pasó los treinta y cinco años restantes de su vida. Allí produjo unas 25.000 páginas: una autobiografía imaginaria en la que se reescribía como el Santo Adolf II, con mapas, partituras, collages y una escritura densísima. Su obra está hoy en el museo que lleva su nombre. Su biografía no es la de un genio incomprendido: es la de un hombre que hizo daño, que enfermó, y que dentro del encierro construyó un universo.

Aloïse Corbaz (1886-1964). Institutriz suiza, internada en 1918 con diagnóstico de esquizofrenia. Dibujó durante cuarenta y cinco años con lápices de colores, jugos de flores y pasta de dientes sobre lo que encontraba. Mujeres de ojos azules sin pupila, óperas, amantes imperiales.

Martín Ramírez (1895-1963). Emigró de Jalisco a California en 1925, quedó indigente, fue internado y pasó más de treinta años en hospitales psiquiátricos de California con diagnóstico de esquizofrenia. Dibujó jinetes, túneles, trenes y madonnas sobre papeles pegados con puré de patata y saliva. Hoy se le considera uno de los grandes dibujantes americanos del siglo XX.

Henry Darger (1892-1973). Portero de hospital en Chicago. Al morir se descubrió en su habitación una novela ilustrada de más de quince mil páginas, In the Realms of the Unreal. Aquí hay que ser preciso: no existe un diagnóstico documentado de esquizofrenia en Darger. Fue internado de niño en una institución para niños con discapacidad intelectual, y todo lo que se dice después sobre su psique es especulación retrospectiva. Que su caso se cite siempre en este contexto dice más sobre nuestra necesidad de la historia que sobre él.

Qué dice la evidencia sobre esquizofrenia y creatividad

El mito popular sostiene que la psicosis afloja las cadenas del pensamiento y libera la imaginación. Los datos disponibles no lo confirman.

Los estudios de registro suecos de Kyaga y colegas, que cruzaron los diagnósticos de más de un millón de personas con sus profesiones, encontraron que las personas con esquizofrenia no estaban sobrerrepresentadas de forma general en las profesiones creativas. La única excepción fue la categoría de artistas. En cambio, sí estaban sobrerrepresentados los familiares de primer grado sin diagnóstico: hermanos y padres sanos de personas con esquizofrenia.

Ese patrón se repite con el trastorno bipolar y sugiere un modelo distinto del mito. Lo que parece transmitirse en algunas familias no es la enfermedad, sino rasgos —apertura, pensamiento asociativo suelto, lo que la psicología llama esquizotipia— que en su forma moderada pueden favorecer la creatividad, y que en su forma extrema constituyen patología. La enfermedad no es la dosis alta del talento. Es lo que ocurre cuando el sistema se rompe.

Y hay que decir lo que la esquizofrenia hace en realidad: síntomas negativos —apatía, empobrecimiento del habla y del afecto, abulia—, deterioro cognitivo, desorganización del pensamiento. Nada de eso ayuda a hacer una obra. Wölfli produjo 25.000 páginas a pesar de su enfermedad, en un encierro de treinta y cinco años sin nada más que hacer, no gracias a ella.

Entonces, ¿qué nos enseña de verdad el art brut?

Yo diría que tres cosas, y ninguna tiene que ver con la locura.

Que la pulsión de hacer no necesita público. Ninguno de estos artistas trabajaba para una galería. Darger escondió quince mil páginas y no las enseñó a nadie. Ramírez dibujaba en un pabellón. Esa es la demostración más limpia que existe de que crear no es una estrategia de reconocimiento: es algo que los humanos hacemos cuando nos dejan en paz el tiempo suficiente. Julia Cameron construye todo su método sobre esa premisa: las páginas matutinas no se enseñan a nadie, jamás.

Que la técnica formal es prescindible y el rigor no. Wölfli no fue a ninguna escuela y sin embargo su obra tiene un sistema, una gramática visual coherente, sostenida durante décadas. Lo que hace grande al art brut no es la ingenuidad: es la obsesión, la insistencia, el volumen. Es lo que ocurre cuando alguien hace una cosa todos los días durante treinta años.

Que el material más personal es el más universal. Ninguna de estas obras intenta comunicarse con nadie y todas ellas nos golpean. Cameron repite lo mismo con otras palabras: escribe lo que no le enseñarías a nadie y descubrirás que todo el mundo lo entiende. Ver cómo publicar arte sin miedo.

Lo que el art brut no enseña es que haya que sufrir. La lección que la cultura ha extraído de estas obras —que hay que estar roto para ver— es exactamente la inversa de lo que las biografías muestran, que es gente rota haciendo lo que podía con lo que le quedaba.

La pregunta ética que casi nunca se hace

En 2007 un dibujo de Martín Ramírez se vendió en una casa de subastas por una cantidad de seis cifras. Ramírez murió en 1963 en un hospital estatal de California. Nunca cobró nada.

El circuito del arte outsider mueve dinero, y el consentimiento de sus autores es, en muchos casos, imposible de determinar. Se exponen obras de personas que no supieron que estaban haciendo arte, con biografías clínicas impresas en la cartela, junto a un diagnóstico que en vida fue un estigma y en la sala se ha convertido en argumento de venta.

No estoy diciendo que no haya que exponerlas. Estoy diciendo que la etiqueta esquizofrenia, colocada junto a un cuadro, hace algo que no haría junto al cuadro de un pintor sano: convierte la obra en síntoma y al espectador en clínico. Y esa mirada, que Prinzhorn intentó evitar hace un siglo, sigue siendo la mirada por defecto.

La prueba está en cómo hablamos. De un pintor formado decimos que su obra es visionaria. De Wölfli decimos que su obra es delirante. Muchas veces estamos mirando la misma imagen.

Si tú convives con un diagnóstico y quieres crear

Nada de este artículo va sobre estética cuando llega a este punto. Cinco observaciones prácticas, ninguna sustituye a tu equipo de salud mental.

El tratamiento va primero. Los antipsicóticos no te van a quitar la imaginación; los episodios psicóticos, sí, y además destruyen la continuidad que cualquier obra necesita. Si notas embotamiento o enlentecimiento, díselo a tu psiquiatra: es información clínica, no un peaje.

La estructura es tu aliada. Una hora fija, un cuaderno, una cuota pequeña. La misma regularidad que estabiliza la vida sostiene la obra. Es literalmente el diseño del Camino del Artista.

Cuidado con los ejercicios de aislamiento. La semana cuatro del método propone una privación de lectura. Para algunas personas es liberadora; para otras, el vacío sensorial no es buena idea. Consúltalo antes.

No uses el arte como prueba de nada. Ni de que estás bien, ni de que estás enfermo, ni de que la enfermedad valió la pena. El cuaderno es un sitio donde poner cosas, no un tribunal.

Busca compañía. El aislamiento es a la vez síntoma y factor de riesgo. Los talleres de arte en salud mental existen, funcionan y no son terapia ocupacional de relleno: son uno de los pocos lugares donde el diagnóstico no es la primera línea de la presentación.

Y si estás pasando por un momento difícil, o si las ideas que te llegan te asustan, habla con alguien hoy: tu médico, tu equipo, una línea de atención en crisis. Puedo ayudarte a encontrar los recursos de tu país si me lo pides. Este es un tema delicado, y no tienes que atravesarlo solo.

Una última imagen

En la clínica de Waldau, Wölfli recibía cada semana una asignación de lápices de colores. Cuando se le acababan antes de tiempo, seguía dibujando con lo que tuviera. Cuando se le acababa el papel, escribía sobre papel de embalar, sobre periódicos, encima de sus propios dibujos. Durante treinta y cinco años, sin galerista, sin lector, sin ninguna expectativa de que aquello importara a nadie.

No lo hagamos un santo. Era un hombre con una biografía terrible, en varios sentidos. Pero ese gesto —hacer hoy la página de hoy, con lo que hay— es exactamente el gesto que Julia Cameron le pide a un contable de Cuenca a las siete de la mañana. No hace falta la enfermedad, ni el encierro, ni el genio.

Hace falta el cuaderno, y hace falta mañana.

Para seguir: bipolaridad y creatividad desmonta el otro gran mito del genio atormentado, y este artículo traza la línea entre una práctica creativa y un tratamiento.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el arte outsider o art brut?

Es el arte creado al margen del sistema artístico y de su formación académica, a menudo por personas internadas en instituciones psiquiátricas, autodidactas o aislados sociales. El término art brut lo acuñó Jean Dubuffet en 1945. Sus obras fundacionales se recogieron en la colección Prinzhorn de Heidelberg, reunida hacia 1920, y en el estudio de Walter Morgenthaler sobre Adolf Wölfli, publicado en 1921.

¿Quién fue Adolf Wölfli?

Un jornalero suizo (1864-1930) con una biografía muy dura, condenado por abusos a menores e internado en 1895 en la clínica de Waldau, donde fue diagnosticado de esquizofrenia y pasó los treinta y cinco años restantes de su vida. Allí produjo unas 25.000 páginas: una autobiografía imaginaria con mapas, partituras y collages. El psiquiatra Walter Morgenthaler le dedicó en 1921 el primer libro que trató la obra de un interno como obra, y no como síntoma.

¿La esquizofrenia aumenta la creatividad?

Los estudios de registro suecos de Kyaga y colegas, con más de un millón de personas, no encontraron sobrerrepresentación general de la esquizofrenia en profesiones creativas —solo en la categoría de artistas—. Sí encontraron sobrerrepresentación entre los familiares de primer grado sin diagnóstico. Los síntomas negativos de la esquizofrenia (apatía, abulia, desorganización) dificultan cualquier obra sostenida.

¿Tenía esquizofrenia Henry Darger?

No existe un diagnóstico documentado. Darger fue internado de niño en una institución para menores con discapacidad intelectual, y todo lo que se afirma después sobre su psique es especulación retrospectiva. Que su nombre aparezca sistemáticamente en artículos sobre esquizofrenia y arte dice más sobre nuestra necesidad de esa narrativa que sobre su historia clínica real.

¿Qué nos enseña el art brut sobre la creatividad?

Tres cosas, y ninguna tiene que ver con la locura: que la pulsión de crear no necesita público —Darger escondió quince mil páginas—; que lo que sostiene una obra no es la técnica sino la insistencia diaria durante años; y que el material más privado resulta el más universal. Es exactamente el argumento del método de Julia Cameron, escrito por otras manos.

¿Hay que sufrir para crear?

No, y las biografías del art brut demuestran lo contrario de lo que la cultura ha extraído de ellas. Wölfli no produjo 25.000 páginas gracias a su enfermedad, sino a pesar de ella, en un encierro de treinta y cinco años sin nada más que hacer. El mito del genio atormentado invierte la relación: confunde a personas rotas haciendo lo que podían con la idea de que romperse es un método.

¿Puedo hacer una práctica creativa si tengo un diagnóstico de esquizofrenia?

Muchas personas lo hacen, y la regularidad de una práctica diaria puede acompañar bien al tratamiento. Pero el tratamiento va primero, no en su lugar: los antipsicóticos no quitan la imaginación, mientras que los episodios psicóticos destruyen la continuidad que cualquier obra necesita. Consulta con tu equipo antes de ejercicios de aislamiento, como la semana de privación de lectura que propone el método.

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Fuentes

Artículo informativo, no consejo médico ni diagnóstico. Referencias: Morgenthaler, Ein Geisteskranker als Künstler (1921); Prinzhorn, Bildnerei der Geisteskranken (1922); Kyaga et al., estudios de registro suecos (2011, 2013). Si atraviesas un momento difícil, contacta con tu médico o con una línea de atención en crisis de tu país.