Esto es un post pequeño sobre una decisión pequeña. Una pegatina. Sin embargo, mientras la tomaba — entre la primera versión sobria y la segunda llena de purpurina — me di cuenta de que esa misma decisión se repite, exactamente igual, en cada paso del trabajo creativo. La pegatina daba igual. Lo que daba igual no era la pregunta que había detrás. Así que la escribo, por si a alguien le sirve.
La primera pegatina
Empecé con la versión sensata. Fondo crema, letras negras, un par de pinceladas de color para sugerir el brand, un botón con el CTA — "Quiero inscribirme al curso →" — y el dominio en pequeño debajo. Compuesta. Limpia. Profesional. Diseño tipográfico decente.
La miré durante un buen rato. Era una pegatina bien. Iba a funcionar. Iba a decir exactamente lo que se supone que tenía que decir. Si la imprimo y la dejo encima de la mesa, la gente vería un curso, leería el título, leería el subtítulo, y la pegaría — quizá — en alguna parte respetuosa del portátil. Junto al logo de GitHub. Junto al sticker minimalista de la cafetería favorita. Como un buen ciudadano del diseño contemporáneo.
Correcta. Limpia. Comunica lo que se supone que tiene que comunicar.
Veredicto · una pegatina "bien"
Unicornio. Arcoíris. Purpurina. Letras doradas. Holográfica. Sin pedir permiso.
Veredicto · una pegatina que dice algoY aun así. Aun así. Algo dentro de mí seguía dejando la sensación de que esa primera pegatina, perfectamente correcta, no estaba diciendo lo que tenía que decir. Como cuando escribes un email impecable, lo relees, y notas que falta lo más importante — que no eres tú quien está escribiendo, sino la versión profesional que tomó prestada tu voz un viernes por la tarde.
El momento en que cambié de idea
Estaba a punto de pulsar enviar a la imprenta. El archivo cargado. El presupuesto aprobado. Hubiera sido tan fácil acabar ahí — todo el mundo lo habría entendido, todo el mundo habría asentido. "Buena pegatina, queda elegante". Y se hubiera acabado el tema.
Y de repente la pregunta apareció, con la limpieza con la que llegan las preguntas importantes. La pregunta era — y la voy a escribir tal cual la pensé:
"Si yo doy un curso para desbloquear la creatividad, y mi pegatina parece la pegatina de un curso de excel avanzado, ¿qué carajo estoy haciendo?".
No es una pregunta retórica. Es muy operativa. Si vendes un curso sobre exuberancia creativa, sobre permitirte imaginar, sobre dejar de hacerlo todo correcto, sobre recuperar al niño que dibujaba unicornios en los márgenes del cuaderno de matemáticas — y luego sacas el merchandising más sensato del mundo — estás contradiciendo el producto antes de venderlo. Estás diciéndole a la persona: "mi curso te invita a romper la corrección, pero mira qué bien me he portado yo en la presentación".
Hay una palabra para eso. Se llama incoherencia. Y la incoherencia no es mala porque sea fea — es mala porque se nota. Aunque la gente no la verbalice, la siente. Una persona puede no saber decirte por qué tu pegatina le aburre, pero la mano que iba a despegarla y pegársela en algún sitio se detiene. Sin saber por qué, no la pega.
La idea pequeña que abrió todo
Mi mujer (o quien tenga que ser, no importa) me había dicho un par de veces, medio en broma, algo que olvidé inmediatamente porque sonaba a niñería: "a esto le falta un unicornio". Yo me reía. Yo decía cosas tipo "no se puede vender un curso para adultos con un unicornio". Yo defendía la pegatina sobria como un buen profesional.
Hasta que un día — el día en que iba a enviar a imprimir — pensé: ¿y si lo llevo un poco más lejos?
Esa frase, "¿y si lo llevo un poco más lejos?", es probablemente la pregunta más importante del trabajo creativo. La mayoría de las cosas creativas que valen la pena son la versión "un poco más lejos" de algo que ya era suficientemente bueno. La canción que paraste justo después del estribillo. La portada que dejaste antes del cuarto color. El email que mandaste sin la última frase, la que era de verdad. El texto donde no te atreviste a la metáfora rara y elegiste la cómoda. La pieza de arte donde paraste por respeto al cliente y dejaste el detalle de más para casa.
"¿Y si lo llevo un poco más lejos?" es la pregunta más rentable que conozco. Cuesta cero. Cambia todo.
Llevarlo al extremo
Una vez que tomé la decisión — vamos a por la versión loca — ocurrió algo curioso. Las cinco horas siguientes no fueron de "diseño". Fueron de juego. Tipografía dorada con borde marrón, como los logos de los pósters de las películas malas de los noventa que tanto queremos. Un unicornio cabalgando con la melena de color a la izquierda. Un arcoíris detrás. Estrellitas blancas dispersas como en las cartas de magia que comprabas en kioscos. Acabado holográfico con purpurina. Un fondo iridiscente. Un botón de inscripción con un degradado que parece chuchería derretida. Y mi dominio en letras moradas abajo, como si fuera el sello de una marca de papelería de los 80.
Cada decisión por separado es excesiva. Juntas son una declaración. La declaración es: "este curso no va de hacerlo todo bien. Va de recordarte que sabes hacer las cosas raras".
Hubo un momento, mientras lo diseñaba, en que pensé: "esto es demasiado". Y la respuesta que me di fue: "no, ese es exactamente el punto". Demasiado es la palabra que el adulto razonable usa para describir cualquier cosa que se atreve a no pedir permiso. Lo demasiado es donde vive lo que vale la pena recordar.
El canal también es el mensaje
Marshall McLuhan dijo aquella frase famosa en 1964: the medium is the message — el medio es el mensaje. Suele citarse mucho y entenderse poco. Lo que McLuhan decía es muy simple: la forma en la que entregas algo es parte de lo que dices. No es solo importante qué dices. Es importante en qué lo dices.
Si entregas una idea sobre creatividad en una pegatina aburrida, la persona recibe dos mensajes contradictorios: el explícito ("apúntate a este curso de creatividad") y el implícito ("pero no esperes que ocurra nada exuberante: nuestro merchandising lo demuestra"). El mensaje implícito gana siempre. Porque el cerebro humano confía antes en lo que ve que en lo que lee.
Si entregas la misma idea en una pegatina con un unicornio cabalgando un arcoíris holográfico, los dos mensajes coinciden: el explícito y el implícito apuntan en la misma dirección. La persona piensa, sin pensarlo: "ah, esta gente no me va a soltar el típico discurso de creatividad-corporativa. Estos lo creen".
Y esa pequeña coincidencia entre el qué y el cómo es lo que separa el merchandising que se queda en un cajón del merchandising que se pega en el portátil. La pegatina aburrida la guardas. La pegatina con el unicornio la pegas. Y desde ahí — desde el portátil de tu vecina de café — la gente la mira. La pregunta. "Eh, ¿qué es eso?". Y la conversación empieza.
Lo que dice una pegatina sin decirlo
Volvamos a la pegatina del unicornio y miremos qué dice sin decir nada explícito. Mira el conjunto como si te lo encontraras pegado en el portátil de alguien:
- El unicornio dice: "no me he tomado en serio a mí mismo de forma solemne, y eso es porque me tomo muy en serio mi trabajo".
- El arcoíris holográfico dice: "voy a darme permiso para gustarme cosas que el adulto razonable habría descartado".
- La purpurina dice: "voy a usar materiales que la mayoría descarta por considerarlos infantiles, porque resulta que la imaginación es ese material".
- Las letras doradas con borde dicen: "voy a citar los pósters de mi infancia sin ironía, sin disfraz cultural, porque sí".
- El botón con degradado dice: "no te estoy vendiendo seriedad. Te estoy invitando a algo que te apetezca".
- La forma irregular del sticker dice: "no encajo en la cuadrícula, ¿y tú?".
Cinco cosas, juntas, en un objeto de siete centímetros. Y todas dicen lo mismo: recuérdate que puedes volver a imaginar. La pegatina aburrida no decía nada de eso. La pegatina aburrida solo se acordaba de comunicar el nombre del curso.
La metáfora con el trabajo creativo en general
Aquí está la parte que me interesa contarte de verdad — porque la pegatina es solo la excusa.
El gesto que tomé con la pegatina es exactamente el mismo gesto que pide cualquier trabajo creativo serio. Casi cualquier proyecto creativo empieza por una versión correcta. Una idea sólida, sensata, ejecutable. Esa primera versión es la que el cerebro adulto produce automáticamente — porque el cerebro adulto está entrenado para no equivocarse en público.
Y entonces el verdadero trabajo creativo empieza con una pregunta sola: "¿y si lo llevo un poco más lejos?". No mucho más lejos — solo lo suficiente para que el resultado deje de ser cualquier cosa y empiece a ser tuyo.
Lo veo todo el tiempo en alumnas del curso. Empiezan a escribir páginas matutinas. Las primeras semanas escriben cosas correctas. Cosas que entenderías si las leyeras (no se leen, pero podrían leerse). En algún momento de la cuarta o quinta semana — siempre pasa — escriben algo que las asusta un poco. Algo que no esperaban. Algo que probablemente no enseñarían. Y desde ese momento, las páginas matutinas se vuelven útiles. Antes eran higiene. Ahora son material.
Lo mismo con las citas con el artista. Las primeras citas son al museo correcto, a la librería correcta, al café correcto. Hasta que una semana una alumna se permite ir al rastro a comprar caramelos viejos. O al taller de cerámica donde su madre la llevaba de niña. O a la rotonda donde se besó con un chico que ya no existe. Y a partir de ahí las citas con el artista cambian de cualidad. Dejan de ser educación cultural y empiezan a ser combustible.
Las pegatinas son lo mismo. Yo había hecho una pegatina-museo. Cuando me di permiso para hacerla pegatina-rastro, todo cuadró.
Una nota sobre el miedo a parecer cursi
Honestidad total: parte del motivo por el que casi me quedo con la pegatina aburrida era miedo. Miedo concreto a parecer cursi. A que un colega — alguien con buen gusto, alguien con criterio — me viera la pegatina del unicornio y pensara "ay, qué pena, antes este chico tenía dignidad estética".
La cursilería es la coartada perfecta del adulto razonable. La usamos para protegernos de cualquier cosa que se atreva a la emoción directa. Etiquetamos como cursi todo lo que nos descoloca por exceso de afecto. Es el corral que la sofisticación construyó para meter ahí todo lo que no se atreve a sentir.
Pero si lo miras de cerca, la cursilería no es un problema estético. Es un juicio social. Decir "esto es cursi" significa "esto me incomoda y voy a fingir que es porque no es elegante, cuando en realidad es porque no estoy a la altura del afecto que pide".
Hay cosas que son cursis de verdad — la cursilería barata que copia gestos emocionales sin sentirlos. Pero la mayoría de las cosas que tachamos como cursis son simplemente cosas que se atreven a la calidez sin avergonzarse. Un unicornio en una pegatina, si el unicornio está hecho con cariño y dice algo coherente con lo que vende, no es cursi. Es honesto.
Una vez te das cuenta de eso, ya no puedes elegir lo aburrido por miedo a parecer cursi. El miedo a la cursilería es la versión adulta del miedo a hacer el ridículo. Y al final de tu vida no vas a estar arrepintiéndote de las veces que pareciste un poco cursi. Vas a arrepentirte de las veces que elegiste la versión sensata cuando la versión memorable estaba al lado.
Lo que pasó después
Imprimí las pegatinas con unicornio en una imprenta especializada en vinilo holográfico — el acabado iridiscente que cambia de color cuando giras el sticker bajo la luz. Costaron un poco más que el vinilo mate plano. Muy poco más. Las recibí. Y la primera vez que cogí una en la mano, pasó algo muy específico: me apetecía mirarla. La pegatina sensata se hubiera quedado en la mesa. Esta la moví de sitio. La giré. La probé en la pared, en el frigorífico, en una libreta. Sin decidir. Solo viéndola desde ángulos distintos. (Ya la has visto en la comparativa de arriba — la foto no le hace justicia, en mano cambia de color cuando la giras.)
Ese gesto — querer mirarla — es el gesto que cualquier creador busca. No vendes nada cuando el producto se queda en la mano de la persona sin moverse. Vendes cuando el producto provoca movimiento. Vuelta. Pregunta. Y la pegatina del unicornio provoca eso a la primera de cambio.
Pero más importante: cuando empecé a regalarlas — en eventos, a alumnas, a personas que pasaban por mi mesa — pasaba algo nuevo. La gente reaccionaba. Antes habrían dicho "ah, qué bien, gracias". Con esta dicen "jajaja, pero qué fuerte". Y muchas veces la pegan delante de mí. Eso, en marketing, es lo único que importa. Que la pegatina entre en circulación. Que se vea. Que la persona la pegue donde la gente la mira.
Una pegatina aburrida es una pegatina que va a un cajón. Una pegatina con un unicornio holográfico es una pegatina que va a un portátil que entra en cafés. Esa diferencia parece pequeña hasta que la mides — y entonces te das cuenta de que es la diferencia entre tener marca o no tenerla.
Lo que esto enseña sobre Tu Camino del Artista
Si has llegado hasta aquí, ya sabes lo que voy a decir, así que lo digo rápido. Esto va sobre tu trabajo, no sobre el mío.
Cada día tomas decisiones en las que hay una versión correcta y una versión memorable. Casi siempre eliges la correcta. No porque no veas la memorable — la ves perfectamente — sino porque la memorable da un poco de vergüenza, un poco de miedo, un poco de "qué van a pensar". La correcta nunca da vergüenza. Pero la correcta tampoco se recuerda.
El curso, El Camino del Artista, Julia Cameron, las páginas matutinas, las citas con el artista — todo eso, mirado en limpio, va de una sola cosa. De dejar de elegir automáticamente la versión correcta. De preguntarse, en cada paso pequeño, "¿y si lo llevo un poco más lejos?". No mucho más lejos. Solo un poco. Lo suficiente para que aparezca tu firma.
El email que estás a punto de enviar y te sale demasiado correcto. La frase que estás a punto de dejar sin terminar. El proyecto que tienes guardado porque "todavía no es el momento". La conversación rara que llevas semanas evitando porque "qué van a pensar". El email a esa persona que admiras al que no te atreves. El comentario que querías hacer y dejaste pasar. La forma rara de hacer tu trabajo que tienes archivada para "cuando tenga más libertad".
Todo eso es la pegatina aburrida. Y todo eso tiene una versión-unicornio. La versión un poco más lejos. La versión que dice algo.
El gesto pequeño que importa
Esta semana voy a pedirte una cosa pequeña — del tamaño de una pegatina. No te voy a pedir que reescribas tu vida. Te voy a pedir que cojas una decisión que tengas pendiente. Una en la que ya sabes cuál es la versión correcta. Una en la que la versión correcta ya está a un paso de ser ejecutada.
Y antes de pulsar el botón — el envío, la entrega, el "ok aprobado" — hazte la pregunta. La única pregunta. La que cambia todo:
¿Y si lo llevo un poco más lejos?
Quizá la respuesta sea "no, esta vez no". Vale. Pero quizá la respuesta sea "sí, en realidad sí". Y si es sí, hazlo. Aunque dé un poco de vergüenza. Aunque parezca cursi. Aunque tu colega culto vaya a fruncir el ceño.
Lo que aparece al otro lado es siempre, siempre, algo que la versión correcta no podía darte. Y lo aprendes haciendo. Lo aprendes con una pegatina pequeña con un unicornio brillando en el portátil. Lo aprendes en lo cotidiano.
Ese es el camino. No hay otro. Y por eso este curso se llama como se llama.
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